Cash entrevistó a Mariana González, quien estudió el impacto de la covid-19 en los mercados laborales de América latina y comparó la capacidad de las políticas de países de la región para morigerarlo. Este estudio, realizado junto con el investigador Damián Kennedy, integra el último informe de la Internacional de la Educación América Latina. La problematización de este sector no es nuevo para la investigadora de Cifra-CTA y Flacso-Conicet. En el libro ¿Por qué siempre faltan dólares?  (Siglo XXI), publicado junto a otros investigadores del Área de Economía de Flacso, González analiza la relación entre el poder adquisitivo del salario y la restricción externa.

"Ningún país de América latina escapó a caídas fuertes en la actividad económica y en el empleo", indica la investigadora Mariana González. (Fuente: Verónica Bellomo)

– ¿Cómo impactó la pandemia en la región durante el 2020?

– En América latina aparecen algunas cuestiones estructurales que no pueden soslayarse. Una es la alta incidencia que tiene el empleo informal, que es de baja productividad, bajos ingresos e inestables. La otra se refiere a los elevados niveles de pobreza. Aunque en los países de la región varía la incidencia de los sectores informales, esas dos características los distinguen de los países desarrollados.

– ¿Qué pasó en el mercado laboral?

– Cuando se observa el desempeño reciente de estas economías y de los mercados laborales previo a la pandemia, en varios casos hubo un incremento de la tasa de desocupación, ya sea por caídas en el empleo como por el aumento en la población activa. La pandemia significó un cimbronazo en una región que ya venía golpeada. El efecto se dio tanto en países que decidieron confinamientos más estrictos como en aquellos que adoptaron medidas más laxas, porque también existió una restricción voluntaria a la circulación. Ningún país escapó a caídas fuertes en la actividad económica y en el empleo.

– ¿Es posible asociar la diversidad en las respuestas sanitarias de los gobiernos con los efectos sobre el mercado de trabajo?

– Cuando se analizan las cifras de los contagios no se puede detectar una relación directa. El caso de Perú es llamativo: la economía cayó más de 30 por ciento en el segundo trimestre del año pasado y las cifras de contagio no fueron tan fuertes y, sin embargo, el empleo se derrumbó más de 50 por ciento. Si bien fue fuerte la recuperación posterior, Perú continúa por debajo de los niveles prepandemia. Puestos a comparar la situación de estos países, hay un grupo que estuvo más afectado en la economía y en el empleo y otros, relativamente menos. Entre los que tuvieron caídas muy fuertes se encuentran Perú y Colombia, mientras que en México, Argentina y Chile el retroceso fue algo menor.

Red de protección

– ¿A qué responde que la caída haya sido menor en Argentina, por caso?

– Quedó mejor posicionada porque hubo una política efectiva de protección de puestos de trabajo muy concentrada en el sector de asalariados registrados, lo que la distingue del resto de América latina. El sector público, en general, tiende a ser más protegido de por sí, aunque también en algunos países el empleo público disminuyó en este escenario. En cuanto al empleo privado hubo dos medidas muy claras: la prohibición de despidos -que continúa en este año- y el programa Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), que implicó que el Estado pagara parte de los salarios y contribuyó para que las empresas pudieran mantener esos puestos de trabajo.

– ¿Estas políticas alcanzaron al mercado informal y, si lo hicieron, en qué medida?

– Entre los asalariados no registrados y los trabajadores por cuenta propia el impacto de la pandemia fue mucho más pronunciado, tanto en Argentina como en el resto de la región. Sobre esos trabajadores es más difícil llegar con ese tipo de políticas. No se puede prohibir despidos en un sector que no está registrado. Pero sí se buscó sostener los recursos de sus hogares con el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE).

– La asistencia económica a los sectores más golpeados en Brasil implicó que la caída de la economía fuera del 4 por ciento. 

– Brasil es una de las economías que menos cayó. Esto se debió tanto por los montos invertidos en las políticas de apoyo a la preservación de los puestos de trabajo como de fortalecimiento de los ingresos de familias que perdieron el trabajo. En general, casi todos los países tuvieron que implementar algún tipo de transferencia monetaria a familias que quedaron sin ingresos. Fue una solución para proveer un ingreso a trabajadores no registrados y, además, contribuyó a que no cayera aún más la actividad económica al sostener ciertos niveles de consumo.

– ¿Cuál es el balance en aquellos países que tienen cuentas de capitalización como seguro de desempleo?

– Unas de las políticas para preservar los puestos de trabajo y sostener ingresos de quienes los perdieran fue la flexibilización y la ampliación del seguro de desempleo. Uruguay, por ejemplo, apeló bastante a esta última herramienta. Esto permitió que personas que estuvieran suspendidas o que tuvieron reducciones de sus jornadas laborales pudieran cobrar el seguro de desempleo. Hay otros países, como Perú, Chile y Colombia, cuyos seguros de desempleo son un fondo de cese laboral. En estos casos, lo que se acumula es una cuenta de capitalización individual enfocada en un seguro de desempleo o de retiro.

– ¿Cómo se utilizaron esas cuentas en esos países?

– En los países donde existen estos fondos se permitió que los trabajadores hicieran retiros, es decir que se autofinanciaron el tiempo trascurrido sin ingresos. Eso implicó que, si los fondos se agotaban, esa familia no tendría fondos adicionales para retirar. En definitiva, el Estado se corrió del financiamiento de esas situaciones, dado que las propias personas usaron los fondos de esas cuentas para financiar su desocupación. Si alcanzaba bien, si no, la situación pasaba a ser crítica. Es muy notable la diferencia entre la lógica de un sistema contributivo y solidario, y la de uno de capitalización, donde las soluciones son individuales. En Chile, por caso, también se permitieron retiros de los fondos de pensión.

La situación vulnerable de las mujeres.

– En el informe realizado para la Internacional de la Educación América Latina describen que, en algunos países, la proporción del empleo que se perdió durante la pandemia fue absorbido por la población económicamente inactiva. ¿Cómo evolucionó esa tendencia en la región?

– Hicimos un ejercicio para proyectar los datos de las encuestas de los distintos países a los totales nacionales. Aun cuando se trata de un ejercicio arriesgado, cabe exponer el resultado: en el segundo trimestre del año pasado la cantidad de ocupados disminuyó en 46 millones. Es decir que 46 millones de personas quedaron sin ocupación en los 14 países de la región que analizamos. Pero las estimaciones indican que la cantidad de desocupados sólo aumentó en 4 millones.

– ¿Dónde están los otros 42 millones de trabajadores?

– Pasaron a engrosar la población económicamente inactiva. Son personas que no tenían ocupación pero que no aparecieron buscando activamente un empleo, con lo cual se los puede considerar como desocupados ocultos. No se trata de que no estuvieran buscando un empleo porque no les interesaba, sino porque no podían circular, porque las actividades a las cuales podían aspirar estaban cerradas o porque pensaban que no iban a conseguir un empleo en un contexto tan crítico. Entonces, las tasas de desocupación en la región muestran sólo una parte de las personas que quedaron sin ocupación y sin ingresos.

– ¿Qué estimación es posible hacer hoy?

– Para el cuarto trimestre del año pasado, por ejemplo, la desocupación en Argentina sería de 15 por ciento sumando a esos desocupados “ocultos”; en Brasil, 18 por ciento; en Chile, 18 por ciento; en Perú, 17 por ciento; en Colombia, 15 por ciento; en México, 12 por ciento. Este efecto se produjo en todos los países de la región, en mayor o menor medida. Estas cifras sugieren que es mayor la magnitud del problema de las personas que se quedaron sin ocupación. En nuestras estimaciones están incluidas también las mujeres que actualmente no pueden trabajar porque están dedicadas a las tareas de cuidado.

Considerando los altos niveles de informalidad de las trabajadoras mujeres, ¿ellas también estarían explicando ese aumento de la tasa de inactivos?

– Sí. En la mayoría de los países fueron mucho más fuertes las caídas de los empleos informales, lo que indica una mayor vulnerabilidad de esas ocupaciones. En el momento más intenso del impacto de la pandemia, el empleo refugio que constituyen los trabajos informales no pudo funcionar por las restricciones a la circulación, y con mayor impacto aún en las mujeres. Hay que decir que sí se vio una mejora en ese tipo de empleos independientes con el correr de los trimestres.

Segunda ola

– ¿Qué prevé que ocurrirá como efecto de la segunda ola?

– Las economías venían recuperándose. Hubo un cimbronazo fuerte en el segundo trimestre de 2020 y, luego, se experimentó una recuperación que se mantuvo. a fines del verano (en el hemisferio Sur) esto no fue tan claro. El crecimiento empezó a ser más lento y, en algunos países, hasta se observaron caídas. Existe el riesgo de que vuelva a haber un impacto muy fuerte en estos meses.

En el libro ¿Por qué siempre faltan dólares? estudiaron la relación entre salario y restricción externa. De ese análisis, ¿concluye que el salario es culpable de agravar la restricción externa o es al revés?

 

– Esta es justamente la pregunta del capítulo que escribimos con Ana Laura Fernández en ese libro. Explicamos los distintos canales por los cuales la evolución del poder adquisitivo del salario podría implicar una presión sobre el balance externo, que concluimos que es acotada. Hay que resaltar que la relación no es lineal, sino que se ve mediada, entre otros, por la distribución del ingreso. El consumo directo o indirecto de bienes importados, así como los gastos en turismo en el exterior, por ejemplo, no son comparables para salarios de distintos niveles. A su vez, las políticas comerciales y las regulaciones cambiarias pueden influir en el sentido de menguar o potenciar esa relación.