Es la noche de San Juan, hace unos cien años. Desde el barranco que orillea el río, en algún rincón de la selva paraguaya, una nena alemana mira cómo los camalotes se hamacan corriente abajo protegiendo un corazón de fuego que la tradición enciende para celebrar al santo. Por entre las fogatas que parecen caminar sobre el agua, navegan silenciosos los vagabundos del río –dice Augusto Roa Bastos- los gitanos del agua, en sus cachiveos excavados a lo largo del tronco de un palo borracho. Buscan que el fuego de San Juan les traiga suerte en su andar de cazadores.

No sé si Roa Bastos fue el primero que cuajó a esos carpincheros nómades en su figura de cobre y barro cocido, bajados de una luna de verano, y los escribió en alta literatura; pero para mí fueron una novedad, misteriosa e inquietante, cuando los leí hace años, en el siglo pasado. Para los alemanes que los miraban desde el talud, eran hombres y mujeres libres que transitaban, sin amo, los caminos líquidos, remando largas tacuaras, alimentando sus vidas con sus propias decisiones, con la carne del carpincho y los dividendos de los cueros que vendían. Cargaban con la envidia de los obreros del ingenio azucarero, esclavos amarrados a su lugar y a su trabajo, explotados al lado de sus máquinas, su oposición dialéctica. El modo de la niña alemana para renegar de su blancura europea, del azul desvaído de sus ojos y de la guerra de dolor y hambre que había dejado al otro lado del Atlántico fue nada más asirse de la mano oscura y arrugada del más viejo de los carpincheros y caminar con ellos para seguir el derrotero que la luna marcaba en el agua.

Elina Malamud
Por Elina Malamud